"The Revenant" y la conexión padre-hijo

El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu dijo en una entrevista que su nueva película, “El Renacido” (“The Revenant”), tenía como base un tema que siempre lo ha seguido a lo largo de su filmografía: el amor filial, la conexión padre-hijo.

Si bien es cierto que ese es uno de los temas que se repiten en sus películas, me parece que esta cinta tiene uno mucho más claro, más fuerte y más recurrente: el dolor humano. Los personajes de Iñárritu son sometidos a las penurias más dolorosas imaginables y su nueva víctima es Leonardo DiCaprio. Él no sólo sufre un dolor interno, sino que a él lo tortura de forma física como nunca antes lo había hecho. Un sufrimiento que se transmite desde la pantalla, pero gracias a la sensibilidad del director y a un trabajo de cámara sobresaliente, la película es más como un poema que una simple patada en la partes nobles del espectador.

Cuenta la leyenda que Hugh Glass sobrevivió al ataque de un oso y al inclemente frío invernal de Estados Unidos en 1823. Así dicen que sucedió en la vida real y así lo relató Michael Punke en su novela, que ahora es adaptada en la pantalla grande por Iñárritu. Protagonizada por DiCaprio, nos nuestra cómo este hombre sobrevive luego de ser abandonado por su grupo de exploradores, quienes lo dan por muerto, mientras la tierra hostil a su alrededor se empeña en matarlo. Por todos lados tribus violentas de nativos americanos, allá muy lejos se encuentra la base donde residen sus compañeros y el culpable de que se quedara solo, en medio de la nada, sin ningún recurso más que la enorme piel de un oso. Atormentado por pesadillas de su fallecida esposa, Glass hará todo lo posible por sobrevivir, repitiéndose como un mantra: “sigue respirando”.

Una historia ideal para Iñárritu y casi un opuesto kilométrico de su anterior trabajo, “Birdman” (2014), considerada como su primer comedia. “El Renacido” es un drama gigantesco, es Iñárritu volviendo a la forma, a su origen, a eso que le interesa mucho más que el amor paternal: el sufrimiento. Primero puso a Gael García Bernal en un doloroso triángulo amoroso (sin contar a los otros personajes) en “Amores Perros” (2000); mató a la familia de Naomi Watts en “21 Grams” (2003); llevó ese mismo dolor de personajes separados pero conectados a niveles globales con “Babel” (2006) donde, entre otras cosas, deja moribunda en medio de la nada a Cate Blanchett; y por último, le dio cáncer de próstata a Javier Bardem viviendo en un barrio decadente de Barcelona en “Biutiful” (2010). También podríamos decir que el presonaje de Michael Keaton lo pasa muy mal en “Birdman”, pero eso es otra cosa. Aquí hablamos de dolor al máximo, donde no hay lugar para risas.

Recuerdo que cuando leí las primeras críticas de “Babel” y “21 Gramos”, una de las grandes quejas de la prensa especializada era la sobreexposición de esas situaciones trágicas. Las situaciones adversas les parecían tan descomunales, tan injustificadas, que los hacían sentir incómodos. Ahora con “El Renacido”, me encontré con una queja similar y, en cierta medida, puedo comprender ese sentimiento. Todas las situaciones por las que hace pasar a su personaje protagonista, son sufrimiento en su máxima expresión y el director quería que se sintiera. Por eso grabaron en locaciones naturales, bajo verdaderas temperaturas gélidas, donde los actores (y también el equipo), se sometieron de verdad a casi todo lo que se ve en pantalla. Iñárritu no quiso dejar lugar a la falsedad, a fingir lo que quería retratar.

Esa autenticidad es palpable, sobre todo gracias a la increíble interpretación de Leonardo DiCaprio, que sí, merece mucho el primer Oscar de su carrera por este papel en la próxima entrega (la cinta es la máxima nominada, con 12 aspiraciones en total). DiCaprio es un actor comprometido al máximo e Iñárritu es un director que inspira a sus protagonistas. Así como García Bernal, como Benicio del Toro, como Sean Penn, como Bardem, como Keaton, como todos los protagonistas masculinos de Iñárritu, esta actuación se da con toda su fuerza. El cienasta mexicano es capaz de sacar lo mejor de sus intérpretes, se nota la exigencia y el resultado, una exigencia que en “El Renacido” pasó a ser física. Valdría la pena cuestionarse, ¿qué tanto es actuación de DiCaprio y qué tanto es verdad? Pero esto no sería un defecto, para nada, al contrario. Es digna de aplaudirse esta hazaña, porque lo que se intenta aquí es sumergirnos y hacernos sentir lo que él siente y en eso es muy efectiva.

Ahora bien, no es lo mismo ver simplemente cómo un tipo golpea a otro en la cara, que ver como un experto en jiu-jitsu le aplica una llave a otra persona. El acto de violencia puede ser vulgar o elegante y cuidado. No sería lo mismo ver a DiCaprio arrastrarse por el suelo, nadar en aguas heladas o comer carne cruda, si todo esto no fuera retratado por Emmanuel “El Chivo” Lubezki, ganador de dos Oscar consecutivos, que ahora persigue el tercero. Su comentada hazaña de filmar con luz natural en esta película, carga de una magia fascinante y cruda esta experiencia, adornada por bellos cuadros de pinos, nieve y sangre.

Tanto las escenas de acción, como aquellas pláticas triviales o momentos más introspectivos, todo se ve maravilloso. Muchos planos secuencias, acercamientos arrolladores a los rostros de sus personajes... Lubezki transforma el sufrimiento en poesía.

Porque el arte, a fin de cuentas, no es el que exclusivamente se hizo para hacernos sentir bien. El arte debe exaltar los sentimientos humanos, cualquiera que estos sean. El hecho de que se trata de sentimientos negativos o que nos hagan sentir dolor o tristeza, no le quita mérito a la obra. “El Renacido” quiere exaltar la agonía, para demostrar otra cosa, algo que sólo se percibe una vez terminada la cinta. Y para lograrlo estos tres nombres son esenciales: una magnífica dirección de Iñárritu, una increíble actuación de DiCaprio y una hermosa fotografía de Lubezki. Si los quitáramos del juego, la historia no sería nada sobresaliente. Es más, estoy casi seguro que sería bastante olvidable ver a un tipo sobrevivir en medio de la nieve, caminando por ahí sin rumbo fijo. No, por sí sola no logra nada, la película depende en su totalidad de estos tres nombres.

Por último, hay que señalar otro aspecto del que no hemos hablado, por las mismas razones que estoy por exponer: la historia de los personajes de Tom Hardy, Domhnall Gleeson y los nativos americanos que buscan a la hija de uno de ellos entre el bosque. La importancia e impacto de la historia de Hugh Glass es tan grande, que todo lo demás parece incidental, al grado de que llega a carecer de importancia. Al salir de la sala recordamos a DiCaprio y su aventura, lo demás son agregados que poco a poco se van borrando de nuestra memoria. Me parece aquí que Iñárritu sólo quería aprovechar que tenía disponibles nombres como Hardy y Gleeson, que son grandes actores, pero no estoy seguro de si su presencia requería de tanta importancia. Lo de verdad importante aquí es la odisea y cómo la superamos nosotros junto al señorón protagonista.

Con información de Vanguardia


DineroVer más